Hace algunos años guardábamos nuestras pertenencias digitales en el disco duro del ordenador. Ahora que vivimos permanente conectados a la red, lo hacemos en la nube. Nuestros dispositivos electrónicos generan cada día millones de datos sobre ubicaciones, recorridos, búsquedas, interacciones en perfiles sociales, compras online… En la era del dato todo queda almacenado, pero ¿a qué precio?

El cloud computing, que imaginamos como una nube de datos virtual es, en realidad, muy real y terrestre. A veces subterráneo o incluso submarino. Las emisiones de carbono necesarias para mantener operativos los centros donde se almacenan nuestros datos representan el 2% del total mundial. Eso supone tanto como las emisiones que generan los miles de vuelos diarios que surcan el cielo y que han abierto un profundo debate sobre la conveniencia de volar: la reflexión sobre la sostenibilidad de Internet tal y como hoy la utilizamos parece solo cuestión de tiempo.

2002 fue, propiamente, el primer año de la era digital: por primera vez, la capacidad de almacenamiento digital superó la capacidad analógica generada y almacenada como soporte durante milenios. Hoy, lo digital no solo representa cerca del 99% de la capacidad total, sino que los datos deben estar permanentemente disponibles, conectados a la red, a golpe de click. Son muchas las compañías que recurren al alquiler de espacios en la nube para almacenar sus datos de forma segura. Solo España cuenta con cerca de cincuenta centros dedicados a su almacenamiento. Las granjas de datos, además de ser centros altamente contaminantes, ocupan imponentes extensiones de espacio. En su interior se encuentran pasillos repletos de servidores de gran capacidad que hacen posible la nube que, entre todos, incrementamos diariamente en 2,5 trillones de bytes. Para lograr el buen funcionamiento de estas granjas, las maquinas trabajan de forma constante durante todo el día refrigeradas desde los 60ºC que alcanzarían de forma natural a una temperatura constante entre los 23 y los 24ºC.

Hoy por hoy, parece impensable vivir sin la capacidad de producir, almacenar y acceder a datos. Pero, ¿cuánto hay de información necesaria y cuánto de ruido inútil? Uno de los grandes retos futuros que tendrán que afrontar las empresas es la exigencia de una racionalidad en su consumo de datos frente a un síndrome de Diógenes digital colectivo en el que casi todo lo que se produce se almacena y hace crecer la nube indefinidamente. En los próximos años, veremos como las exigencias de un comportamiento socialmente responsable introducirá inversiones en innovación para disminuir la huella medioambiental del tratamiento de datos y nuevas políticas de selección sobre lo que conservamos para diferenciar mejor el grano de la paja.

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